Un texto sobre la masculinidad.
Introducción
Aunque la participación en dinámicas de poder y control no está determinada por el sexo, género u orientación sexual, es innegable que los hombres están sobrerepresentados como perpetradores de actos que buscan controlar y denigrar la confianza de los miembros de sus familias. En este artículo, exploraremos cómo las normas de género tradicionales y las expectativas sociales perpetúan este problema y la importancia de entablar diálogos transformadores para desmantelar patrones dañinos y buscar una vida sin violencia.
En nuestra sociedad, el papel que tiene el hombres dentro del nucleo familiar conlleva fuerte implicaciones emocionales que pocas veces son habladas y compartidas con el fin de aligerar la tensión que provoca en nosotros. Se espera que como hombres seamos los principales proveedores, guías y protectores de la familia al mismo tiempo que se espera que conformemos una identididad masculina distinguida por la heterosexualidad, la fuerza física, la dominancia social y el poder económico. Esta tarea puede resultar más o menos sencilla si nuestro nivel socioeconómico y nuestra herencia génetica lo permite, pero la gran mayoría de los hombres en México fluctuaremos en el grado en el que cumplimos estos estandares, los cuáles nos son recordados constantemente por medios de comunicación y los diferentes espacios dónde socializamos. Esta situación dispara una ambivalencia emocional y psicológica entre el “debería ser así” y el “pero no soy así” que resulta en un mayor nivel de estrés psiquico cuanto más alejados estamos de este modelo de hombre.
Conforme buscamos cumplir estas expectativas de masculinidad (que cabe aclarar: no las creamos nosotros ni empezamos a buscarlas de manera voluntaria, sino que se nos educa para perseguirlas) se nos induce la idea de que las otras personas responderán a nuestros logros y validarán nuestro avance en esta carrera. Una de la formas en las que se manifiesta esta validación es a través de la obtención de autoridad, entendida como la capacidad de influir en la conducta de otros ( ). En la familia, esto se observa cuando nuestras palabras, opiniones e instrucciones son tomadas como relevantes y primordiales. Esta capacidad de influir en los demás no se sostiene solo por nuestras cualidades, sino por la necesidad de otra persona de generar un vinculo de seguridad y confianza con nosotros ( ). En pocas palabras, obtener un grado de autoridad tendría que estar acompañado de una mayor sensibilidad por las necesidades de las otras personas.
De esta forma, la autoridad en la familia se encuentra historicamente depositada en el “hombre de la casa” por ser estos quienes generalmente tiene mayor acceso al poder económico y el poder físico, dos piedras fundamentales de la autoridad del hombre dentro del espacio familiar al permitirle brindar un espacio de seguridad y certeza a los demás miembros de la familia. Aún hoy en día, los hombres tenemos mayores oportunidades laborales y de remuneración, por lo que se espera que una de nuestras facultades sea participar en la toma de decisiones de mayor trascendencia en la familia respecto a la inversión de recursos (por ejemplo, decidir si un hijo o hija seguía sus estudios o el lugar dónde viviría la familia). Ser el “hombre de la casa” implica también hacer uso de la autoridad para conducir a la familia en el cumplimiento de otras expectativas para evitar el señalamiento por parte de la sociedad. Cuando la palabras y las indicaciones no son suficientes, la violencia en cualquiera de sus expresiones resulta un mecanismo normalizado, pero peligroso con el que el hombre puede hacer valer su autoridad como agente del orden (orden dictado desde otros lugares y personas).
Si bien la violencia no es exclusiva de los hombres dentro del espacio familiar, somos quienes solemos desplegarla motivados por la necesidad de obtener de la otra persona la satisfacción de nuestras necesidades personales. Esperamos que quienes nos rodean nos respondan a partir de que hemos cumplido con nuestra “parte” de la relación. Las dinámicas pueden diferir de hogar en hogar, pero como hombres esperamos de nuestros hijos e hijas respeto, obediencia, gratitud, buena conducta, alta calificaciones en la escuela y orden en sus habitaciones dado que hemos atendido sus necesidades a través del trabajo que nos produce estrés. Esperamos de nuestras parejas cariño, comprensión, aceptación incondicional, o tolerancia a nuestros errores a partir que hemos cumplido con el rol de proveedor y cuidador. Esperamos que nuestros seres queridos no irrumpan nuestra paz y tranquilidad pues ya hemos cumplido con nuestra parte del “trato”: ser los hombres de la casa.
La dinámica en que se depositan expectativas en nosotros y que nosotros depositamos en los otros puede resultar muy dolorosa, pues da pie a que a partir de nuestra autoridad de verdad nos creamos los “reyes del hogar”. Como los monarcas del pasado, esperamos que las personas dentro de nuestro terruño anticipen nuestras necesidades, y eviten a toda costa generarnos malestar. Esperamos que más que pareja, hijos o padres tengamos a nuestra diposición servidumbre que sepa por intuición que es lo que deseamos de ellos. Esto es una exageración con fines ilustrativos, que sin embargo, encierra el sentir de muchos hombres quienes depositamos en los otros nuestra estabilidad emocional y el reconocimiento de nuestra labor.
El resultado de este tipo de dinámicas es la insatisfacción familiar: la imposibilidad de atender todas y cada una de nuestras necesidades desarrolla resentimiento de y hacia los demás miembros de la familia, de igual forma, la inetable frustración resultado de esperar demasiado de los demás, aumenta el desinterés en el cuidado y va erosionando la relación marital. Cabe remarcar que los hombres experimentamos esta situación como un desbalance entre lo que damos y lo que recibimos, percepcion muy comun dentro de los matrimonios ( ), pero que se encuentra exacerbada por la expectativa de que como hombres, debemos recibir el equivalente de lo que damos.
No es necesario actuar como cavernicolas agresivos para generar un ambiente tenso dentro de nuestros hogares, la violencia motivada por la insatisfacción y la expectativa de recibir estos servicios por parte de nuestros cercanos puede detonar muestras agresivas de frustración, cansancio o indignación. Sea a través de silencio, miradas pesadas, palabras hirientes o subestimar a los demás, la vida emocional de nosotros los hombres se vuelve más pesada y solitaria. Cabe reflexionar sobre el resultado a largo plazo de esperar que nuestros seres queridos se comporten según nuestros designios y que de no hacerlo, busquemos corregir y exigir su cambio a partir de la agresividad.
Es por eso que este texto, si bien busca generar consciencia sobre los efectos de la violencia masculina en la familia, tienen como principal objetivo traer a la mesa la experiencia de los hombres que, en pos de perseguir esta masculinidad dentro y fuera de la familia, generan inadvertidamente un terreno fertil para sentimientos de insatisfacción, soledad y frustración. Es fundamental entablar diálogos transformadores con nuestras parejas, hermanos y otros hombres que permitan hacernos responsables de nuestra vida emocional. Sin embargo, estos intercambios no son sencillos y pocas veces son espontáneos, ya que vivimos con la incertidumbre, la vulnerabilidad y el temor al juicio o la burla. Es esencial crear espacios seguros donde podamos expresar nuestros pensamientos y emociones sin miedo a ser juzgados. Grupos de apoyo para hombres que buscan una vida sin violencia pueden ser un recurso valioso para compartir experiencias y aprender de otros que también enfrentan desafíos similares.